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La pesca de la sardina es una de las más antiguas de la Península
Ibérica debido a que es un pez muy abundante, de ahí que
también sea considerado un pescado modesto.
En España, la sardina gozaba de cierta popularidad, pero no tenía
demasiado prestigio porque se pensaba que sus proteínas no eran
tan buenas como las de la carne y que su grasa elevaba el colesterol.
Sin embargo, en los últimos años estas ideas han cambiado.
Se ha demostrado que la sardina, al ser un pescado azul, resulta más
energético y con más vitaminas que el blanco. La presencia
de grasa en su carne, rica en ácidos poliinsaturados, la convierte
en un pescado muy saludable para nuestro organismo.
La sardina es, además, un alimento de fácil digestión
y una excelente fuente de minerales y vitaminas (A y D), que se mantienen
íntegras en la conserva.
100 MILLONES DE LATAS AL AÑO
La conserva de la sardina comenzó en Nantes (Francia) en 1834,
aprovechando la abundancia de sardinas en estas costas. En los años
posteriores, el agotamiento de los recursos desplazó su producción
a las costas gallegas y fue a mediados del siglo XIX cuando se instaló
la primera fábrica de conservas en Galicia. Según los
expertos en nutrición, es en conserva cuando este pescado nos
aporta más nutrientes. La sardina enlatada es una espléndida
fuente de calcio y de fósforo.
La conserva de sardinas representa un 10% del total de conservas de
pescado en nuestro país. De todas, la más apreciada es
la sardina en aceite de oliva. Los españoles consumimos una media
de 100 millones de latas de sardina al año.
Como dato curioso, en Francia las sardinas enlatadas son consideradas
un producto de lujo. Estas conservas se catalogan por añadas,
como el vino, porque se ha demostrado que también mejoran con
el tiempo.
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