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Dicen los historiadores que el maíz ya se cultivaba en América
del Sur hace 7.000 años. En tiempos precolombinos su extensión
abarcaba desde Chile hasta Canadá. Para estas civilizaciones,
el maíz no sólo era considerado un alimento sino también
un símbolo de riqueza e incluso de divinidad.
En 1492 dos mensajeros de Colón, al regresar de una exploración
a Cuba, afirmaron haber visto una clase de grano “que llaman maíz,
de buen sabor cocinado, seco y en harina”. Los colonizadores españoles
no se dieron cuenta de la trascendencia de semejante descubrimiento.
A partir de este momento, el maíz se fue introduciendo en los
países mediterráneos, difundiéndose rápidamente
por toda Europa.
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Hoy en día, el maíz es un producto muy apreciado en nuestra
cocina. En gran parte de nuestras despensas encontramos alguna lata
de maíz. Un alimento muy nutritivo que lo podemos comer como
guarnición de un asado o como ingrediente de una fresca ensalada.
Por su contenido en hidratos de carbono, más del 70%, el maíz
resulta un alimento de fácil digestión, idóneo
para niños y deportistas.
El maíz también es rico en ácidos grasos insaturados,
como el oléico y el linoléico, así como en vitamina
B.
La fibra del maíz favorece la digestión y reduce los niveles
de colesterol, previene el estreñimiento e incrementa la sensación
de saciedad, muy útil para dietas bajas en calorías.
El consumo de maíz es también aconsejable para personas
que sufren carencia de magnesio y de otros minerales como el calcio,
el fósforo o el potasio.
Este rico alimento nos proporciona un antioxidante, el betacaroteno,
recomendado para la prevención del cáncer.
Por último, el maíz es uno de los cereales más
estimados para quienes padecen celiaquía porque no contiene gluten.
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