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Han sido hallados restos de esta legumbre en palafitos neolíticos
y en tumbas egipcias, 2.400 años antes de nuestra era. Sabemos
también que los griegos consumían las habas claras, dejando
las oscuras para las votaciones en la elección de magistrados.
De origen asiático, las habas constituían, junto con otras
legumbres, la base de la alimentación en la Edad Media por ser
una de las fuentes más importantes de energía y de otros
nutrientes en la alimentación.
Las
habas siguen siendo muy apreciadas hoy en día por sus propiedades
alimenticias. Son ricas en hidratos de carbono, proteínas,
calcio, magnesio, hierro y zinc. Destacan también por ser
fuente de vitaminas, sobre todo del complejo B (B1 y B2), niacina
y ácido fólico, y por su elevado aporte en fibra.
Las habas son diuréticas, limpian los riñones y
depuran la sangre. El consumo de esta leguminosa ayuda a combatir
las dolencias reumáticas y a eliminar grasas de las arterias,
disminuyendo el nivel de colesterol.
Como todas las legumbres, las habas poseen un índice glucémico
bajo, lo que las convierte en un plato muy adecuado para las personas
que padecen diabetes.
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UN LUJO EN LA COCINA
Hoy seguimos consumiendo habas, pero han pasado de ser consideradas
“carne de los pobres” a obtener un puesto respetable en
la alta cocina.

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La mayoría de los comensales queremos que nos lleguen peladas,
no sólo de su vaina, sino de la segunda piel que cubre cada
semilla. Así las encontramos en conserva, elaboradas por
marcas muy prestigiosas y listas para prepararlas como ingrediente
en la mejor de las menestras, junto a los espárragos, las
alcachofas o los guisantes. También están suculentas
guisadas con tocino o jamón, en sopas o en divertidas ensaladas,
como la que proponemos en esta sección. |
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